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León Najnudel, un símbolo del básquet
Fue el impulsor de la Liga Nacional y un entrenador que marco
una época.
León Najnudel será recordado por muchas cosas. Por ese
corazón tan grande como una pelota de básquet con el que
luchó hasta el final contra la leucemia que le habían
detectado en noviembre del 96. Por la pasión que ponía
para hablar y enseñar todo lo que sabía del deporte que
tanto amaba. Por los principios con los que se manejó en la vida
(los mismos que defendió y que le costaron dirigir por poco tiempo
la Selección de básquet, pese a ser el mejor). Por su
humor (esto es como sacarse el Loto, pero al revés, dijo de su
enfermedad) y su gesto gruñón cuando algo no le gustaba.
Por la fidelidad inquebrantable con los que quería. Y, fundamentalmente,
porque era un hombre que en estos tiempos de practicismo se permitía
soñar. La Liga Nacional, el torneo que marcó un antes
y un después en el basquetbol argentino es, precisamente, un
sueño que puso en marcha León.Murió, a los 56 años
(había nacido el 14 de julio de 1941), en una cama del Hospital
Británico. Hasta el final tuvo su teléfono celular encendido
no sólo para conectarse con los que lo cuidaban (Mónica;
sus hijos Nicolás, Iván, Brian y Corina; los periodistas
Adrián Paenza y Osvaldo Orcasitas; su amigo del alma, Carlos
Griguol; su alumno más avanzado, Julio Lamas), sino para atender
a todo aquél que quisiera saber algo de básquet. Para
ocuparse de Ferro -al que seguía dirigiendo pese a la enfermedad,
aunque en el banco estuviese Enrique Tolcachier-. O para escribir una
columna en el diario Olé.No hacía falta ser amigo para
darse cuenta de la clase de persona que era Najnudel. Tampoco se necesitaba
ser un experto en básquet para entender que él era el
que más conocía de este deporte. Y, también, el
que más lo amaba.Es que León, o El Ruso, para sus amigos,
fue un sello para el básquet nacional. De sus sueños y
su pasión salió la Liga Nacional. El empezó a armar
la movida en el bar El Dandy -enfrente de su casa, en la esquina de
Corrientes y Thames, pleno Villa Crespo, donde nació- y desde
allí delineó estrategias para llevar adelante un proyecto
-insistía con que no era suyo, sino que sólo había
que copiar lo que ya habían inventado los europeos- al que muchos
se resistieron. Pero León les ganó esa pelea. Y El Dandy,
un cafetín con pocas mesas, casi como un segundo hogar, se transformó
en un referente del básquet. Seguramente lo seguirá siendo,
aunque la mesa que siempre ocupaba -quizá sea una cábala,
decía- ahora quede vacía.Como entrenador impuso una filosofía
a la que adhirieron, además de Lamas, hombres como Horacio Seguí,
Pablo Coleffi y Luis Martínez, entre otros. Fue el que descubrió
a jugadores como Marcelo Nicola o al gigante Jorge González.
Fue el que insistió con que al básquet hay que jugar con
los altos (que los petisos se vayan a su casa) y por eso, en el poco
tiempo que estuvo en la Selección, se aninó a juntar a
Luis González (2.12), Fernando Borcel (2.18) y al Gigante (2.30).Era,
también como entrenador, un amante de las cosas sencillas. No
quería nada complicado ni rebuscado. El decía que el básquet
era un deporte simple y que había que aprovechar lo mejor de
cada jugador, sin pedirles nada raro. Quizá la mejor definición
es la que un periodista español eligió para encabezar
una carta que le mandó a la Argentina: A ti, el mejor entrenador
ofensivo del mundo...Disfrutaba como un chico cuando enseñaba
todo lo que sabía de básquet; se emocionaba cuando hablaba
de Casimiro González Trilla (coentrenador del equipo que ganó
el Mundial del 50), su maestro; se reía a carcajadas cuando decía
que era un burro laborioso; le peleaba con todo a la leucemia; se vivía
haciendo preguntas ¿La gente no pensará que soy un soberbio
por la manera en que estoy enfrentando la enfermedad?. Pero pese a su
lucha, falleció el 22 de abril de 1998.
por JORGE BUSIC de Clarín.
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